Wachuma
Cuando una viaja sola es por que busca algo… yo buscaba sabiduría: esa que no podía encontrar ni en la facultad, ni en los libros, ni en ningún lugar de Buenos Aires. La vida ocupada, rutinaria y mediocre que llevaba allí me sofocaba… y apenas surgió la idea de viajar me dije: ¿por qué no?: agarré la mochila, dejé todo y me fui: sin rumbo y sin destino… Ya llevaba un mes mochileando de pueblito en pueblito con poco presupuesto cuando lo conocí a Robert, ese simpático irlandés que me cautivó con su charla intelectual a pesar de su borrachera en un bar de paredes escritas de Potosí. Sólo compartí 2 o 3 días con el, y nuestros rumbos se separaron dejando un mail como única forma de contacto. Fue entonces cuando viajé a La Paz como próximo destino: Se abrieron las puertas de ese universo de graffitis y arte mochilero que eran las paredes de las habitaciones de “El Carretero” un hospedaje que me habían recomendado insistentemente y que fue el marco más increíble de todo el viaje. Esa tarde, al canto de “tomando mates en La Paz”, la canción que me había acompañado en mi ansiedad, decidí dar un paseo por la ciudad. De repente, algo me llama la atención: entre toda la población boliviana se destacaba un gringo, un artista callejero improvisando una especie de acto teatral-musical-clownesco con una guitarra, una armónica y algún que otro instrumento más; que me sigue firmemente con la mirada a mi pasar, por detrás de la gente que se amontonaba a verlo, como diciendo con su forma de mirar: “yo sé”… A pesar de eso, seguí caminando con forzada indiferencia, ansiosa por encontrar el pase a esas nuevas experiencias que buscaba. Muchos me habían comentado sobre el “Wachuma” una especie de cactus utilizado por los chamanes para entender la sabiduría de la naturaleza; también conocido como “San Pedro”, nombre que le habían dado los jesuitas por que según ellos, era aquel que te abría las puertas del cielo… Así es como no dudé en comprarle uno por solo 5 bolivianos a una cholita introvertida del Mercado de Brujos. En el camino de vuelta, veo una espalda familiar… ¿será? Me preguntaba ansiosa mientras me acercaba. Hasta que se detuvo; hipnotizado por la mirada del mismo artista callejero que continuaba con su show deleitando al público boliviano. Me acerqué. El simpático guitarrista volvió a mirarme, y luego a Robert, dirigiendo su mirada hacia la mía. Y en ese momento nos vemos, nos reencontramos: _¡Charo! ¡¿Cómo estas?!_ exclama entusiasmado en su trabado español. Nos abrazamos con alegría y me sugirió acompañarme al hostel. Al llegar, también atraído por el inspirador arte de las paredes y del hostel en general y después de pasar una hermosa tarde juntos allí, decide mudarse desde donde estaba, para a la mañana siguiente acompañarme en nuestro maravilloso plan: el ritual del San Pedro. Seis horas de trabajo de equipo nos tomó aquella receta resultado de la recopilación de distintos sitios de Internet para lograr el preciado elipcir a utilizarse en el ritual. Markus, un sabio periodista austriaco que estaba en el Carretero me aconsejaba dulcemente más detalles del ritual mientras lo preparaba: “Esta es una planta sagrada (…) de lo que se trata es de sabiduría (…) de la sabiduría de la naturaleza de la que solo la naturaleza es dueña y para utilizarla debemos pedirle permiso!”; “el ritual es para pedirle permiso a la pacha mama, y solo si ella nos deja podemos tomarlo”_ me relataba en la mugrienta cocina donde Robert y yo nos turnábamos para vigilar la preparación. Había que ir a algún lugar lejos del paso del hombre, donde tengamos un momento a solas con la naturaleza, y hacer un agujerito en la tierra para darle a la pacha una ofrenda: _ “puede ser comida o cualquier cosa que pueda gustarle: el alcohol y el chocolate le gustan mucho a la pacha mama”, continuaba Markus encantándome con su transparente mirada de ojos turquesa y pestañas arqueadas en el momento en el que me decía que a mi receta le faltaba algo: saca entonces de su bolsillo un pedacito de madera; lo prende fuego y lo apaga soplando el humo en mi preparación: “es Palo Santo _me explica_ sirve para purificar” mientras soplaba el agradable aroma esta vez sobre mi cara y a mi alrededor, obsequiándomelo luego (aún hoy, acompaña el bolsillo de mi bolso a modo de amuleto y de recuerdo, de esas increíbles personas que uno conoce viajando, y que te enseñan algo). Robert anunció las 4 de la tarde cuando se terminaba la preparación y nos quedaban pocas horas de sol para viajar al valle de la luna: el lugar que habíamos elegido para nuestra experiencia por ser el lugar natural más cercano que teníamos. Pero nuestra ansiedad no nos permitía esperar hasta el día siguiente; así que decidimos tomarlo en el hospedaje, omitiendo el ritual y los consejos de Markus, para ahorrar tiempo, y que los efectos empiecen a sentirse apenas lleguemos a algún lugar natural, lo más cercano posible… En cuatro difíciles tragos tomamos esta amarga y repugnante preparación y salimos rumbo al centro donde tomaríamos algún bus que nos lleve fuera de la ciudad. Preguntando una y otra vez sin lograr que la gente nos entienda tomamos un minibús que nos internó más aun en la ciudad, y luego otro, y luego otro, y luego otro… Los efectos del San Pedro se empezaban a sentir en ambos y la ansiedad empezó a desesperarme: ¡No había forma de escapar de la ciudad!. Robert también sentía los efectos, pero se veía mucho mas tranquilo que yo: “el ya había llegado”: había entendido y se había resignado a que tal vez esta jungla de concreto era nuestra naturaleza, y solo se ocupaba de tranquilizarme a mí, aunque en sus ojos al estilo “Psico” y en su intensa y relajada sonrisa se lo veía entretenido en alguna aventura interna de laberintos mentales que habían sido alimentados en esos días por lecturas de libros de Borges y Schopenhauer… Pero yo sólo quería llegar!... la ciudad me repugnaba cada segundo más y sólo podía repetir con desesperación en un ingles difuso: “¡Nunca termina!”. Al bajar del cuarto bus y no haber llegado a ninguna parte decidimos tomarnos un taxi y bajarnos en el medio de la autopista donde se divisaban unos cuantos árboles que eran lo mas cercano a un lugar natural que podíamos ver: corrimos hacia ese pequeño pedazo de montaña que resultó ser un mirador, y donde nos sentamos rendidos a mirar el deslumbrante paisaje que cambiaba frente a nosotros mientras atardecía. En el horizonte, teníamos el nevado más alto que se ve desde La Paz. Debajo de nuestras narices: la ciudad como si fuera el campo de un estadio gigantesco que iba prendiendo sus encendedores a medida que iba oscureciendo dibujando un rió de destellos en el relieve del valle donde se encuentra la ciudad. A los lados, podíamos observar como la ciudad se trepaba desde la calle principal (que la dividía en 2 partes) convirtiéndola en una “V” gigantesca a lo largo de todo el valle. Bolivia no tiene grandes edificios modernos y la mayoría de las construcciones son de ladrillo de un color muy parecido al de las montañas: casas que parecen pequeños cuadraditos que emergen de la tierra como pasto... o como si el adobe creciera como pasto... O como si las hormigas quisieran imitar nuestra civilización y construyera su pueblo al lado de sus hormigueros... Y como respirando alguna sustancia alucinógena marean su pasar al rededor de cada imitación de la cultura humana. Y todo es rápido, rápido cómo la naturaleza; y todo es parecido y todo es pequeño... el mundo se ve cómo una maqueta en miniatura donde pareciera que todo se puede tomar con unas pinzas.... y donde podemos ver todo de una punta a la otra perfectamente representado. Al oscurecer los detalles de los colores se desvanecían pero no el paisaje: desapareció de pronto el nevado frente a nosotros, pero en vez de eso empezamos a observar el camino de luces de la ciudad que desafiaba con su relieve a las mismas constelaciones que competían invadiendo el cielo con todo su repertorio. No podíamos dejar de deslumbrarnos ante tan increíble espectáculo… sólo yacíamos ahí: atónitos… disfrutando de los efectos de tan maravilloso fruto de la naturaleza y conectándonos con ella, redescubriendo la tierra con nuestras manos, dejándonos acariciar por el viento, refugiándonos bajo las nubes y las estrellas que parecían estar tan cerca, disfrutando del fresco aroma de los pocos árboles que nos rodeaban y que en compañía de las montañas nos demostraban la preliminar presencia de la naturaleza ante la ciudad. Y de repente: entendí todo: ahí en otra realidad, en un lugar que nunca hubiera podido imaginar. Me vi fuera de lo que yo pensaba que era mi vida. Y me odié y odie toda mi vida y odie no haber sido capaz de creer poder vivir algo así. Tan solo sentía miedo de que ese momento se termine y volver a lo que todos quieren hacerme creer que soy para que nunca mas me sienta así, para que nunca piense que soy capaz de hacer algo. Entendí a la tierra, entendí la magia, entendí a la gente que no entiende, y entendí quien soy y eso es lo que me angustió. Recordé lo difícil que me era poder “ser”. Y no pude contener las lágrimas… La caballerosidad de Robert fue reconfortante y absolutamente necesaria. Me sentía muy agradecida de poder refugiarme en su hombro y de que sus brazos me protegieran del frío que se hacia mas intenso al acercarse la noche. Volvimos entonces, corriendo de manera casi suicida hacia el frente de algún minibús para que nos lleve a la ciudad. Robert seguía atento a que estuviera bien, pero yo estaba más concentrada en contar insistentemente las monedas que tenia dificultad para reconocer en la palma de mi mano. Luego de varios intentos y sin lograr nada, le di todas las monedas que tenia al cobrador del bus, quien dándose cuenta de mi estado, me da el vuelto amablemente. Bajamos en el centro, que se había convertido en un carnaval gigantesco y todo era una locura: Las luces formaban líneas y círculos que daban vuelta a mi alrededor con rapidez, y se multiplicaban los gritos, risas, gente vendiendo y comprando, expresivas caras que se acercaban y se alejaban aumentando mi paranoia. A mi me costaba mucho caminar, pero hacia un esfuerzo y el colgarme de los brazos de Robert me ayudaba. De repente escucho una melodía familiar: era aquel artista callejero tocando esa misma canción que tocaba cuando nos reencontramos con Rob. Ahí estaba otra vez… con su llamativa sonrisa y su mirada cómplice: ese “gringo” artista callejero de la paz, tan contrastante, haciendo payasadas con su guitarra y dando un show para aquellos transeúntes, tan indiferentes, a diferencia de él que todo lo sabe… y lo supo antes que nosotros… Lo miro a Robert como para comentarle, pero sentí que tal vez era todo mi imaginación y tan sólo seguí caminando… luego de un tiempo, me entero que él había pensado lo mismo… Llegando a Plaza Murillo tan solo a media cuadra de ahí había una gran multitud; grandes formaciones de militares con enormes escudos resguardaban la casa de gobierno y tumultos de periodistas con sus grandes cámaras se encimaban unos a otros por encima de dicha formación. Robert se entusiasmó acercándose para ver que pasaba: _Tal vez Evo Morales esté allí!_ me decía; pero mi paranoia no me dejaba acercarme _ ¡Esto es Latinoamérica! ¡Nada es lo que parece! Fue mi única respuesta tirando de su brazo para volver al hostel. Al llegar subí corriendo a la habitación…y Robert conociendo mi estado se quedó junto a mí para cuidarme. Toda la información que incorporaba era analizada en profundidad en mi mente; por lo que tenía una gran confusión y una sensación de exceso de información, por lo cual ni siquiera pusimos música… No la necesitábamos tampoco. Sólo nos quedamos ahí con nuestras mentes y el inspirador arte de las paredes, hasta quedarnos dormidos… La sociedad disfraza todo el tiempo la realidad, de que el hombre, es de la naturaleza; pero cuando el hombre logra conectarse con ella, todo se vuelve más intenso, la inmensa sabiduría de la naturaleza se adquiere con fuerza tal que no necesitamos palabras para representarla, y hace que entendamos todo el universo con solo verlo. Y ese día nos conectamos con la naturaleza. Robert insistía con que todo eso había sido demasiado de ensueño para ser coincidencia, y que tal vez nosotros mismos lo habíamos planeado incluso antes de nacer, y nos habíamos olvidado y que tan solo éramos soñadores perdidos en un sueño que nosotros mismos habíamos creado. Cuando me comentó eso en la montaña, fue cuando por segunda vez no contuve las lágrimas… ¿mi miedo? Los sueños alguna vez se terminan.C.D.
El lugar exacto (mirador en La Paz, Bolivia).


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