Ermitaña
Estaba esperando. No sabía que, pero siempre esperaba. Esperaba un el llamado de alguna neurona que saludara a otras. Esperaba algún pensamiento que la motive, que la empuje a arrancar. Pero nada. Nadie venía, nada sentía, nada pensaba, nadie miraba.
Sólo venía la noche, y luego el día, y otra vez la noche volvía. Sus músculos se deshacían, su piel había perdido sensibilidad, su cuerpo entero era como un mueble abrigado por el polvo.
Otra tormenta sonaba allá afuera, esta vez más fuerte que de costumbre, cómo si fuera poco tanta soledad, y tanta espera. Los truenos, cada vez más fuertes parecían querer asustarla, despabilarla, desafiarla; pero ella nada. Su vida ya era un tormento, estaba acostumbrada. Allá afuera insistían, los rayos empezaron a caer cada vez más cerca, y cuando pensó que por fin iba a llegar aunque sea un rayo, a visitarla después de tanta espera, el rayo partió la rama del árbol que llenaba de verde su ventana. Ni lo registró ya estaba dormida.
Con el amanecer un rayo de luz logró pasar entre la maleza, iluminando su ojo izquierdo hasta que el calor del haz luminoso la obligó a despertarse. La nueva visión en su ventana, que nada de nuevo tenía; le recordó los verdes caminos que ya había caminado, las errantes montañas que alguna vez recorrió y las viejas sensaciones que ya había vivido. Sin pensarlo siguiera quiso acercarse a su ventana para ver mejor.
Intentó mover el brazo y en una nube de polvo las articulaciones de su codo y de su hombro sonaron ásperamente. Sus músculos, casi inexistentes, se inundaron de un cosquilleo inmobilizador, pero eran tantas las partes del cuerpo que ella intentaba mover que dicho cosquilleo se diluyó rápidamente. Oxidada, aturdida, debilitada, y sin esperar nada se levantó. Se paró frente a la ventana por fin. Observó otra vez los verdes caminos que ya caminó y las errantes montañas que alguna vez recorrió.
Sin pensar nada, y sin esperar nada, se acercó a la puerta, la abrió: El sol se derramó en su rostro y la encegueció.
Y por fin, salió.
Sólo venía la noche, y luego el día, y otra vez la noche volvía. Sus músculos se deshacían, su piel había perdido sensibilidad, su cuerpo entero era como un mueble abrigado por el polvo.
Otra tormenta sonaba allá afuera, esta vez más fuerte que de costumbre, cómo si fuera poco tanta soledad, y tanta espera. Los truenos, cada vez más fuertes parecían querer asustarla, despabilarla, desafiarla; pero ella nada. Su vida ya era un tormento, estaba acostumbrada. Allá afuera insistían, los rayos empezaron a caer cada vez más cerca, y cuando pensó que por fin iba a llegar aunque sea un rayo, a visitarla después de tanta espera, el rayo partió la rama del árbol que llenaba de verde su ventana. Ni lo registró ya estaba dormida.
Con el amanecer un rayo de luz logró pasar entre la maleza, iluminando su ojo izquierdo hasta que el calor del haz luminoso la obligó a despertarse. La nueva visión en su ventana, que nada de nuevo tenía; le recordó los verdes caminos que ya había caminado, las errantes montañas que alguna vez recorrió y las viejas sensaciones que ya había vivido. Sin pensarlo siguiera quiso acercarse a su ventana para ver mejor.
Intentó mover el brazo y en una nube de polvo las articulaciones de su codo y de su hombro sonaron ásperamente. Sus músculos, casi inexistentes, se inundaron de un cosquilleo inmobilizador, pero eran tantas las partes del cuerpo que ella intentaba mover que dicho cosquilleo se diluyó rápidamente. Oxidada, aturdida, debilitada, y sin esperar nada se levantó. Se paró frente a la ventana por fin. Observó otra vez los verdes caminos que ya caminó y las errantes montañas que alguna vez recorrió.
Sin pensar nada, y sin esperar nada, se acercó a la puerta, la abrió: El sol se derramó en su rostro y la encegueció.
Y por fin, salió.


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