Ser uno.

Se reflejan en esa hoja acostada sobre el suave colchón de pasto los últimos mantos de sol de aquel ocaso. El reloj marca las 20, la noche se acerca y con ella, se empiezan a oír el cantar de los grillos, zumbidos y aleteos de otros visitantes nocturnos. Un escarabajo comienza a trepar esa hoja que al haberse secado con el sol no soporta el insignificante peso de dicho insecto y cruje, como platillos en la orquesta. El crujido resuena tan cerca, tan inesperado, cómo esos sonidos que no reconocemos como parte del ambiente, que sin querer la despierta a ella, que yacía al costado de la hoja.
Pestañea levemente como intentando abrir los ojos; sus manos se giran suavemente por el pasto, sus dedos flotantes, se desploman para entrelazarse con la tierra. Finalmente abre los ojos, sobresaltada se levanta. Las preguntas aparecen: ¿Que es esto? ¿Donde estoy? ¿Quien soy? ¿Cómo llegué acá? Veía ese anochecer como la escena de una película vieja con un oscuro manto alrededor que no podía delinear. Mira a su alrededor, y solo ve campo. No reconoce el lugar, no sabe como llegó, y no se le ocurre mirarse a si misma para reconocerse, seguramente tampoco eso la ayudaría a recordar. Empieza a caminar, no sabe hacia donde, por todos lados el paisaje es igual. Camina 10 pasos, 15, da vueltas, camina 20 pasos mas. Cae rendida en sus rodillas sumida en la angustia y la desesperación. Se encuentra con la hoja, esa que crujió y la despertó. Reconoce el lugar desde donde salió. Comienza a mirar sus manos, sus pies. Quizás le digan algo de su historia. Quizás le digan quien es.
Pero ya era de noche y casi no se veía. Empezaba a hacer frío y había que buscar algún refugio. Se dio cuenta que el frío que sentía era el que la obligaba a caminar, así que le hizo caso a su cuerpo, y caminó, cerró los ojos, respiró hondo y se dejó llevar por sus piernas. En cada paso, los dedos de sus pies jugueteaban con el pasto como si quisieran echar raíces. ¿Será que soy un árbol?, se preguntaba. Pero algo en su cuerpo le decía que no, que no había nacido para quedarse quieta. El viento revolvía sus ropas y la hacia sentir que si se soltaba podía volverse tan ligera que podría volar con el viento. ¿Será que soy un pájaro?. No, no estaría mal, pero no parecía tener plumas.
Las luciérnagas la acompañaban y levemente iluminaban su camino, y de pronto entendió. Claro, soy todo eso. Soy la naturaleza toda. Pero cuando iba a dejar de caminar pensando que ya había encontrado todas las respuestas, sus oídos registraron algo más: a lo lejos empezó a escuchar voces, tan extrañas pero tan familiares a la vez. ¨Voces humanas, como la mía!¨ pensó y no pudo evitar correr hacia ellas. ¿Soy humana entonces? o ¿soy naturaleza? ; ¿Porque no puedo dejar de correr hacia el encuentro de otros?. Sólo cuando encontró la respuesta paró de correr y los vio a lo lejos. El grupo de personas que la ayudaría a saber más de lo que acababa de descubrir. Que era un ser humano, natural y social.

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